viernes, 11 de noviembre de 2011

De la Mala Praxis y otros Demonios

El idealizar a las personas en cuyas manos pende la vida de muchos otros, puede con- vertirse en un error que no admite arrepentimientos, y que por el contrario solo deja marcas imborrables y una dura lección: nadie está exento de cometer errores.


Calidad humana era lo que le faltaba al ilustrísimo doctor Victoria, uno de los tantos médicos a los que acudió Rosa María.

Al verla, sin siquiera saludarla o preguntarle su nombre, le tomó el brazo en el que se veían claramente las erupciones cutáneas que la habían llevado hasta él, y frente a seis de sus estudiantes de medicina, dijo con toda frialdad: “mire, en un caso como el de ella, uno ¿qué hace? Le mira las ronchas, las oprime, y si no le queda sangre es porque no tiene lupus, entonces uno como médico, ¿qué desea?, que se vaya donde otro médico para quitarse este problema de encima, porque a ella lo que le puede pasar es que le dé un paro respiratorio y se muera, porque tiene trombos”.

Ella le agradeció, con sarcasmo, su inmensa calidad humana y se retiró del consultorio.

***
A mediados del año 2007, Rosa María Bolaños, una mujer de 45 años, que raramente se enfermaba, ni siquiera de una gripa, empezó a presentar pequeñas erupciones en su piel, como aquellas que quedan de las  molestas picaduras de los mosquitos, en sus  brazos, piernas, espalda, torso, cuello e incluso en su rostro. A pesar de lo incómoda que era la picazón y de estar cubierta de ronchitas rojas, no se alarmó, pues pensó que era una alergia normal, como la que muchas personas tienen y sobrellevan sin tener mayores dificultades en sus vidas.

Empezó a tomar, sin ninguna indicación médica, Loratadina, el medicamento más común para el tratamiento de alergias, incluidas aquellas de tipo dermatológico;  sin embargo, al notar, unos días después de la aparición de las erupciones, que el medicamento no estaba dando los resultados que debía, y que, además,  su cuerpo estaba presentando hinchazón en sus extremidades principales y su rostro, decidió acudir a Colsanitas, la empresa de medicina prepagada a la que estaba afiliada, en busca de un  alergista que la ayudara con lo que se estaba convirtiendo en un algo mucho más serio que una alergia común.

Le recomendaron al doctor Carlos Quintero, reconocido alergista, y al que incluso calificaban como uno de los mejores en su campo. Era un hombre de casi 60 años, alto, delgado, con cabellera cana, excepto por algunos mechones que conservaban aún pigmentos de color negro, siempre vestido de blanco y obsesionado con la higiene, a tal punto que no tocaba nada con sus manos, abría puertas empujándolas o usaba guantes cuando necesitaba hacer contacto con algún objeto, y si por alguna razón debía tocar algo con sus manos desnudas, inmediatamente corría a lavárselas con jabón desinfectante. Rosa María pensó, que un hombre de aspecto tan inmaculado y tan cuidadoso con la higiene, sabía lo que hacía. 

Efectivamente, el doctor Quintero sabía lo que hacía: le aplicaba a sus pacientes, de todas las edades, unas vacunas que él mismo había creado para combatir las alergias tanto cutáneas como respiratorias, y las cuales prometían excelentes resultados. El único problema de tan maravilloso medicamento, era que contenía esteroides y sus pacientes no lo sabían.

Sin saberlo, recibió dosis de esteroides, tanto en las vacunas como en tabletas durante seis meses, aproximadamente, sin que la situación mejorara; por el contrario, la alergia en la piel empeoraba y su cuerpo presentaba una inflamación constante que le generaba adormecimiento en manos y piernas. Al ver que la medicina, que con tanto orgullo administraba a sus pacientes, no estaba funcionando en Rosa María, el doctor Quintero decidió probar con otros medicamentos, que también contenían esteroides, entre ellos, una inyección, que según indicaciones médicas sólo se puede aplicar dos o tres dosis al año en un adulto, y que a Rosa María le aplicaron ocho en ocho meses.

Durante los seis meses que estuvo bajo tratamiento con el doctor Quintero, pasó de 60 kg. a pesar 73 kg. lo cual le parecía alarmante, no sólo por las consecuencias que esto traía a su autoestima, sino porque a pesar de haberse sometido a los tratamientos con toda disciplina y resignarse a los cambios negativos que le estaban generando, la alergia no cedía. Las erupciones cutáneas parecían haberse instalado indefinidamente en su piel, con todo el malestar y comezón que generaban, sumado a la inflamación en su cuerpo que iba y venía sin dar señales de tregua.

Un día, mientras conversaba con su amiga, la médico internista, Dora Salazar, empezó a narrarle su experiencia con el inmaculado doctor Quintero, y a nombrarle la lista de medicamentos que le estaban recetando para su tratamiento contra la alergia. De inmediato, la doctora Salazar se alarmó y le informó a su paciente que todos los medicamentos que se le estaban administrando contenían esteroides, lo cuales, administrados con gran frecuencia o en altas dosis, pueden generar efectos adversos, como el aumento de peso, por ejemplo.

Este importante dato que la doctora Salazar acababa de darle, fue suficiente para despertar en Rosa María el miedo, la preocupación y la desconfianza tanto por su salud, como por el doctor Quintero. En su siguiente cita con él, no dudó en hacerle los reclamos pertinentes.

Ante la expresión de angustia y enojo de Rosa María, el doctor Quintero sonrió abiertamente, y con toda frescura, como si la queja de su paciente se tratara de un comentario cargado de humor, respondió: “¡Claro que son esteroides!, son los únicos que pueden controlar las alergias, y no se preocupe que no son peligrosos, con eso no pasa nada malo”.  A pesar de la seguridad con la que el médico habló, Rosa María, ya no confiaba en aquel hombre. Esa fue la última vez que acudió a una cita con él, y que introdujo en su cuerpo aquellos medicamentos, aunque el daño ya estaba hecho.

A partir de ese momento, Rosa María pasó meses de consultorio en consultorio. De alergistas a dermatólogos, reumatólogos, endocrinólogos, oncólogos… Seguramente no hubo un sólo especialista en Colsanitas al que Rosa María no visitara.

Le realizaron toda clase de pruebas: para lupus, cáncer, paludismo, e incluso sida, pero todos salían negativos, lo cual dejaba a los médicos en penumbra, sin saber qué hacer y sin tener idea respecto a lo que estaba afectando la vida de su paciente. “A situaciones desesperadas, medidas desesperadas”, dicen por ahí, y precisamente bajo este dicho popular se dejaron guiar los especialistas, quienes al no tener un diagnóstico exacto ante el cual actuar, decidieron experimentar.

Rosa María no tenía paludismo, pero le recetaron Aralen, un medicamento antipalúdico; tampoco tenía lepra, pero le sugirieron que probara con Diazona, un medicamento indicado para pacientes que padecen esta enfermedad. Ninguno de estos medicamentos dio resultados, pero sí trajeron complicaciones, como en el caso de la Diazona, que le provocó, aparte de las erupciones en la piel, hematomas y problemas de circulación en las piernas, por lo cual, tuvieron que suspender su ingesta.

En el afán de los médicos por solucionar el problema en la piel de Rosa María, no pensaron en cómo estaba reaccionando el resto de su cuerpo ante los tratamientos.

Luego de varios meses de experimentación, de prueba y error, los médicos se dieron por vencidos, y fue un reumatólogo quien se lo informó a Rosa María, agregando que ya no había mucho que se pudiera hacer por ella. “Yo le recomiendo que vaya preparando sus cosas, en caso de que muera, para que no deje a su familia con asuntos pendientes, porque nada ha funcionado y ya no hay más que podamos hacer. Ahora usted está en riesgo de sufrir un paro respiratorio y morir”, dijo el médico con toda honestidad, agregando, que la última opción que él veía, era recurrir a un médico de apellido Victoria, toda una eminencia como alergista, aún más reconocido que el doctor Carlos Quintero.

Su rostro, manos y piernas estaban inflamados, un vello facial que nunca antes había tenido ahora se extendía en su cara,  sus extremidades se adormecían y sus articulaciones le dolían al punto de que se le dificultaba agarrar objetos. Lo más preocupante era, que en primer lugar, ni con todos los tratamientos que habían probado en ella, la alergia cedía, por el contrario, se había instalado en todo su cuerpo, causándole una picazón y un dolor desesperante; en segundo lugar, los problemas de circulación le habían causado trombos en las piernas, y eran precisamente estos trombos los que más amenazaban su vida, ya que habían empezado a desplazarse desde sus piernas hacia la zona abdominal y si llegaban a los pulmones o el corazón sería fatal.

Luego de más de un año de haber soportado innumerables tratamientos y exámenes médicos, haber sido el conejillo de indias de los doctores y haber gastado grandes cantidades de dinero en medicinas (aproximadamente $1.200.000 al mes), Rosa María decidió arriesgarse una vez más y acudir a lo que parecía ser un última opción.

Para lograr una cita con el doctor Victoria, Rosa María tuvo prácticamente que rogarle a la enfermera que se la diera lo antes posible debido a su delicado estado de salud, puesto que el médico tenía una agenda tan atareada, que la próxima cita disponible era hasta dos meses después. Cuando la enfermera vio las erupciones cutáneas y los trombos, se compadeció y le abrió un espacio con él para una semana después.

La cita era a las 6:30 a.m y Rosa María, con todas sus esperanzas puestas en tan ilustre alergista, llegó a las 6: 00 a.m, pero el médico, tan solicitado como era, la atendió a las 11:00 a.m. Era un hombre de mirada despectiva y que emanaba un aire de superioridad ante sus estudiantes y sus pacientes. No le interesó saber el nombre de aquella mujer que con desespero acudía a él, simplemente tomó su brazo y con todo desprecio y frialdad dijo a sus estudiantes: “mire, en un caso como el de ella, uno ¿qué hace? Le mira las ronchas, las oprime, y si no le queda sangre es porque no tiene lupus, entonces uno como médico, ¿qué desea?, que se vaya donde otro médico para quitarse este problema de encima, porque a ella lo que le puede pasar es que le dé un paro respiratorio y se muera, porque tiene trombos”

Ella le agradeció por su inmensa calidad humana y salió del consultorio. Ahora, resignada a que su muerte llegaría en cualquier momento; la única tranquilidad que tenía era que había dejado a sus dos hijas y a su madre con una casa propia, un negocio que podrían sacar adelante, unos ahorros que les ayudarían un buen tiempo, y con todas las deudas saldadas, para que no tuvieran que pasar apuros y pudieran llevar una vida tranquila.

Cuando salió del consultorio, una mujer que se encontraba en la sala de espera, notó las erupciones en la piel de Rosa María, y  no pudo evitar comentarle que ella, tiempo atrás, había tenido una enfermedad parecida, que ningún médico le había podido curar, hasta que le recomendaron a un doctor que trabajaba en un centro médico en el barrio Colón, en la zona centro – sur de Cali. Le sugirió que lo visitara, pues él había sido el único en poder tratar correctamente su enfermedad y detenerla. Rosa María no dudó en aceptar esta oportunidad que la vida, de alguna forma, le estaba ofreciendo.

Manuel Esteban Mosquera, era un médico general que ejercía  en las tardes, de lunes a viernes, en el centro médico del barrio Colón. La consulta tenía un costo de $20.000.  En caso de que el paciente requiriera algún medicamento, él, muy amablemente, procuraba brindarles muestras gratis, que generalmente, cubrían buena parte del tratamiento; y en caso de que se necesitara realizar pruebas médicas, él se encargaba de contactar a sus pacientes con entidades con las que él estaba vinculado, de tal manera que obtenían descuentos muy favorables.

Para lograr una cita con el doctor Mosquera, solo era necesario ir al centro médico, pagar la consulta, y esperar que llegara el turno indicado en la ficha de cartulina que se entregaba en la recepción.

Cuando Rosa María entró al consultorio, el doctor Mosquera la recibió con una sonrisa, estrechó su mano y le preguntó cuál era su nombre, luego le pidió que tomara asiento y le contara lo que le estaba pasando, aunque ya a simple vista él había podido notar las erupciones en la piel y los rasgos inconfundibles del síndrome de Cushing.

“La paciente, por haber usado tantos derivados de la cortisona, había desarrollado el síndrome de Cushing, entonces, tenía cara de luna llena, cuello de búfalo y vello facial. A pesar de que los derivados de la cortisona, que le habían recetado,  le habían dado alguna mejoría, no habían desaparecido síntomas como el escozor, ni le daban alivio”, dijo el doctor Mosquera.

Luego de revisar a su nueva paciente y echarle una ojeada al inmenso folder que ella llevaba con los exámenes médicos que le habían realizado, el doctor decidió que lo más urgente era desintoxicarla de todos los medicamentos que había consumido y mejorar su circulación, además de implementar el uso de antihistamínicos, fármacos empleados para el control de las alergias, que no le produjeran tantos efectos indeseables, como lo habían hecho los esteroides.

Así empezaron con el tratamiento, el cual, aunque llevara mucho tiempo, daría sus resultados a largo plazo. La alergia, causada por estrés, según había concluido el doctor Mosquera, empezaría a ceder de una vez por todas, pero Rosa María tendría siempre con ella, pues las alergias no desaparecen, se controlan. El síndrome de Cushing sí desaparecería por completo debido a que ella ya no consumía medicamentos con esteroides, que son los causantes de que éste se produzca. Su circulación mejoraría con los medicamentos que él le había recetado, y a su vez los trombos  se disolverían, dejando de amenazar su vida con una embolia.

Lamentablemente el consumo de esteroides había producido daños irreparables, como la descalcificación en la cadera de Rosa María, la cual, ahora la obliga a tomar calcio a diario para prevenir que el desgaste sea mayor.

Para el doctor Mosquera, el principal error que cometieron los doctores que atendieron a Rosa María inicialmente fue que no le dieron a los medicamentos antialérgicos un tiempo prudente para actuar y dar resultados en el organismo, sino que al ver que no funcionaban en una o dos semanas de consumo, los cambiaban por otros, y de igual forma, como no daban resultados en pocos días, los descartaban. Luego desecharon la idea de que fuera una alergia y comenzaron a medicarla para enfermedades que no estaban seguros que ella tuviera.

El descuido de los médicos casi le cuesta la vida a Rosa María, cuando desde un inicio, sólo se trataba de una alergia causada por estrés. Ella quiso demandar a Colsanitas, pero en cuanto planteó la situación ante un comité de la entidad, ellos muy astutamente se defendieron alegando que en el contrato que ella había firmado al afiliarse, se dejaba muy claro que en caso de negligencia médica o mala praxis, no se harían responsables. Le dijeron, que si ella quería iniciar un proceso legal por lo que le había sucedido, debía demandar uno a uno a los médicos que la habían atendido, pero que aún así, era muy poco probable que la tomaran en cuenta, pues el uso de esteroides en tratamientos antialérgicos no es ilegal, y por lo demás, ellos sólo habían intentado ayudarla.  

Factores más comunes que causan alergias
• Alimentos 
Picaduras y mordeduras de insectos 
Partículas transportadas por el aire 
• Medicamentos 
Sustancias químicas

Esteroides:
Los esteroides, más conocidos como corticoides, son hormonas producidas naturalmente por el cuer- po, manifestados especialmente en la testosterona, en hombres, y progesterona, en mujeres. Estas hor- monas se han logrado sintetizar para crear grupos de medicamentos entre los que se encuentran los esteroides anabólicos y no anabólicos; los primeros son usados por deportistas o fisicoculturistas para aumentar su rendimiento físico y estimular el desar- rollo muscular; los no anabólicos, en ciertos, casos son recetados como un medicamento anti - inflama- torio para personas con problemas de asma, con el fin de desinflamar los bronquios y regular la función pulmonar, y para personas alérgicas, ayudando a retrasar o anular los efectos adversos que causan el polvo, alimentos u otros factores que propician el episodio alérgico.

Trombo:
es un coágulo sanguíneo que se forma en un vaso y permanece allí. La embolia es un coágulo que se desplaza desde el sitio donde se formó a otro lugar en el cuerpo. El trombo o embolia puede producirse en un vaso sanguíneo y obstru- ir el flujo sanguíneo en ese lugar, impidiendo el suministro de oxígeno y flujo sanguíneo a los teji- dos circundantes. Esto puede ocasionar un daño, destrucción (infarto) e incluso la muerte o necro- sis de los tejidos que se encuentran en esa área.

Síndrome de Cushing:
También conocido como hipertiroidismo, es un trastorno que ocurre cuando el cuerpo se expone a niveles altos de la hormona cortisol. También puede ocurrir cuando la persona toma demasiado cortisol u otras hormonas esteroides. La mayoría de las personas con el síndrome de Cushing presentará: 
Obesidad en la parte superior del cuerpo
Cara redonda, roja y llena (cara de luna llena)
Acné o infecciones de la piel 
Marcas purpúreas llamadas estrías en la piel del abdomen, los muslos y las mamas 
Piel delgada con propensión a los hematomas 
Dolor o sensibilidad en los huesos 
Acumulación de grasa entre los hombros (joroba de búfalo) 
Adelgazamiento de los huesos, lo cual lleva a fracturas de costillas y columna vertebral 
Músculos débiles
Crecimiento excesivo de vello en la cara, el cuello, el pecho, el abdomen y los muslos


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